Entra a la consulta y lo primero que hace es disculparse. Antes de sentarse, antes de decir su nombre, antes de contarme qué le pasa: “Perdón, doctor, seguro no es nada”.
Se sienta en la orilla de la silla, como quien está listo para irse apenas lo descubran exagerando. Trae una carpeta con exámenes: electrocardiograma normal, hemograma normal, pruebas tiroideas normales. Una colección de “normales” que, lejos de tranquilizarlo, lo hacen sentir peor.
"Porque si todo está bien, ¿por qué el corazón se le acelera a las tres de la mañana? ¿Por qué el pecho se le aprieta en la fila del supermercado? ¿Por qué hace meses que no duerme una noche completa?".
Me cuenta que se preocupa por todo: la plata, los hijos, la salud de su madre, un correo sin respuesta. Que sabe que es “demasiado”, pero no logra apagarlo. Que le duele la mandíbula de tanto apretarla, que anda cansado sin razón, que se irrita por cosas mínimas y después se siente culpable. Y al final, casi en voz baja: “Deben ser solo nervios”.
Como médico, tengo que decirlo con claridad: no son “solo” nervios. Lo que describe tiene nombre y criterios diagnósticos. Se llama trastorno de ansiedad generalizada, y es una enfermedad, no un rasgo de personalidad ni una falta de voluntad.
No es un problema menor, ni poco frecuente:
Según la Organización Mundial de la Salud, los trastornos de ansiedad son los trastornos mentales más comunes del mundo: en 2021 afectaron a 359 millones de personas, con mayor frecuencia en mujeres que en hombres. Chile no está al margen. En el Termómetro de Salud Mental Achs-UC, un 24,8% de los encuestados presentó síntomas de ansiedad, con una marcada diferencia por sexo: 34,6% en mujeres frente a 14% en hombres. Uno de cada cuatro chilenos.
Y aun así, la mayoría no se trata. La propia OMS advierte que, pese a existir tratamientos muy eficaces, solo alrededor de una de cada cuatro personas que lo necesitan (27,6%) recibe algún tratamiento, en parte porque no se reconoce como una condición de salud tratable y por el estigma que todavía la rodea.
"Quienes tienen ansiedad presentan un riesgo 26% mayor de enfermedad cardiovascular y 48% mayor de muerte cardíaca, independiente de otros factores de riesgo. Esperar a que se pase solo tiene consecuencias.
El costo de no tratarse:
La ansiedad no tratada no se queda quieta. La OMS señala que estos trastornos pueden prolongarse por mucho tiempo sin tratamiento y deterioran la vida familiar, social y laboral. En el ámbito del trabajo, la Superintendencia de Seguridad Social informó que dos de cada tres trabajadores que presentaron una enfermedad profesional durante 2023 tenían diagnósticos de salud mental.
El impacto tampoco es solo emocional. Un metaanálisis con cerca de 250 mil personas, seguidas durante más de una década, mostró que quienes tienen ansiedad presentan un riesgo 26% mayor de enfermedad cardiovascular y 48% mayor de muerte cardíaca, independiente de otros factores de riesgo. A eso se suman el insomnio crónico, el riesgo de desarrollar depresión y el consumo de alcohol u otras sustancias como forma de “calmarse”. Esperar a que se pase solo tiene consecuencias.
Por qué consultar a un médico:
La primera razón es diagnóstica. Hay condiciones médicas que pueden simular o agravar la ansiedad —alteraciones tiroideas, arritmias, efectos de medicamentos, consumo de cafeína o estimulantes— y descartarlas es parte de una evaluación responsable. La segunda es terapéutica: la ansiedad tiene tratamiento con evidencia sólida, y el médico puede indicarlo, ajustarlo y hacer seguimiento.
Sobre los medicamentos: lo que conviene saber:
Existe mucho temor a los fármacos para la ansiedad, y gran parte de ese temor viene de mitos. Los tratamientos de primera línea son los antidepresivos de los grupos ISRS e IRSN, como sertralina, escitalopram o venlafaxina. No “dopan”, no cambian la personalidad y no generan adicción.
Su efecto no es inmediato: suelen requerir entre cuatro y seis semanas para mostrar un beneficio claro, y las primeras semanas pueden traer molestias leves y transitorias. Por eso el acompañamiento médico al inicio es clave. El tratamiento se mantiene habitualmente por varios meses después de lograr la mejoría, para evitar recaídas, y nunca debe suspenderse de forma brusca, sino con un retiro gradual indicado por el médico.
Las benzodiacepinas, como clonazepam o alprazolam, pueden tener un rol puntual y de corto plazo, pero no son el tratamiento de base por su riesgo de tolerancia y dependencia. Automedicarse con ellas es un error frecuente y peligroso.
"El mejor resultado se obtiene combinando el manejo farmacológico con psicoterapia, especialmente la terapia cognitivo-conductual, junto con actividad física regular, higiene del sueño y reducción de cafeína y alcohol".
Se puede volver a la vida de antes:
Esto es lo que más quiero que quede claro: con un diagnóstico oportuno y un manejo médico adecuado, la gran mayoría de los pacientes recupera su funcionalidad. Vuelven a dormir de corrido, a concentrarse en el trabajo, a disfrutar a su familia, a manejar sin sentir que el corazón se les sale del pecho. Retoman la vida que tenían antes de que la ansiedad empezara a ocuparlo todo.
No se trata de “aprender a vivir con esto” con resignación, sino de tratarlo bien para que deje de gobernar el día a día.
Así que, si usted se reconoce en estas líneas, no espere a “tocar fondo” para pedir ayuda. Su malestar ya es motivo suficiente de consulta. Y cuando entre a la consulta, no pida disculpas: siéntese bien en la silla y cuéntelo todo. Lo que siente importa, y tiene tratamiento.
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Dr. Erich Aguayo Álvarez.
Médico Cirujano.
Residente Unidad de Cuidados Intensivos.
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Editado por:
EU. Francisco Muñoz Almendras.
Enfermero Universitario| Docente Diplomado.
Editor área de opinión, columnista y Locutor.
Radio Mía 89.3 FM.